Milo J arma una selección del folclore y presenta ‘La Jangada’, un hermoso poema visual
Hay algo que flota en un brazo del Río Luján, casi en la desembocadura del Río de la Plata. Es un artefacto extraño que parece sacado de un sueño. Un patio santiagueño, con piso de tierra, boyando en un paisaje bucólico, con un ranchito en la proa. Una escenografía montada sobre un remolcador de containers que contiene a la Selección Nacional del Folclore y la Música Urbana liderada por un pibe de 19 años con la sabiduría de un anciano venerable. Una aventura insólita que craneó Milo J para celebrar el año del lanzamiento de La vida era más corta, su tercer álbum, que tiene 7 nominaciones en los Latin Grammy 2026, incluyendo Álbum y Grabación del Año. Esta locura, un Fitzcarraldo contemporáneo con reminiscencias a Pantanal, la flamante novela de Marcos Aramburu, se llama La Jangada, una producción audiovisual con pocos precedentes en la música argentina.
El derrotero de Camilo Joaquín Villarruel en los últimos doce meses es apabullante e incluye 13 estatuillas en los Premios Gardel, dos giras por Europa y presentaciones en estadios de distintas capitales de Latinoamérica y una presentación en el Tiny Desk que se volvió viral.
Una de las primeras imágenes de La Jangada es una estampilla de las Islas Malvinas insertada en el marco de un viejo espejo. La elección no es oportunista: Milo ya había ejercido la soberanía doméstica con una pequeña chapa que hacía referencia al histórico reclamo en los estantes de la célebre biblioteca del icónico escritorio de NPR, antes de la bandera del Mundial y de las acciones demagógicas del Poder Ejecutivo Nacional ante la ONU. Aunque son unos pocos segundos, esa toma adquiere un peso específico porque el reclamo no es decorativo: es un pedido de justicia, un acto de memoria.
“Bajo de la piel”, el tema que abre el álbum publicado en 2025, es el que da el puntapié inicial a la lista de ocho canciones seleccionadas de las quince que integran el listado original. El abordaje es grandilocuente: Milo armó una especie de big band u orquesta sinfónica con una formación particular, con una línea de guitarras que incluye a Raly Barrionuevo y el Tano Romano (un héroe del instrumento que pasó por Hermética y Malón, entre otros grupos emblemáticos), algunos de los integrantes de su banda (Gastón Fleckenstein y Martín Beckerman en percusión, Tamara Meschler en el violín) pero también se suman los integrantes del ascendente grupo catamarqueño Carafea y las voces de la murga uruguaya Agarrate Catalina. El clima de peña se complementa a la perfección con la precisa ambición orquestal. Hay violines y bombos legüeros, y se distingue el contrabajo de Mariano Sarquiz, integrante del grupo santiagueño de guaracha afrobeat Los Arcanos del Desierto.
En el vestuario de los músicos predominan los verdes y los marrones, tonalidades que remiten a un paisaje natural. Pero dos elementos albicelestes se distinguen en ese lienzo: Trueno luce un gorro de los New York Yankees con los colores de la bandera argentina, que resalta tanto como el poncho del cantante y violinista formoseño Lázaro Caballero.
No puede hablarse de un desfile de invitados, porque lo que predomina es el aire de peña, la celebración del encuentro, músicos de distintas generaciones y estilos reunidos en una isla artificial. Un ritual que permite apreciar el poder de las músicas de raíz proyectadas al mundo desde el Delta del Tigre. Un ejercicio de regionalismo crítico, pero que forma parte de ese proceso que inició Milo cuando cantó “Tengo la pasta global pa’ ser de los mejore’/ Me aburrí de hacer trap, negro, quiero hacer folklore/ ‘Tamo en Santiago, La Banda, tierra de cantores/ Soy amigo de los primos Carabajal, de la Sole”, en “Daña (Elvira)”, la canción que forma parte de 166 (Deluxe) Retirada, de 2025.
Con Soledad Pastorutti recrean la dupla que grabó originalmente “Lucía”, una chacarera poderosa en la que despliegan todo el poder del ritmo del 6×8. Hay aires de rumba flamenca en la versión de “Gil”, con Trueno, igual que en la original que grabaron en el disco.
“Denle un maldito micrófono al niño”, dice Milo. Y Radamel, con sus trece abriles y una voz sin tiempo, irrumpe con la canción que lleva su nombre, a la que se suma, también, Lázaro Caballero. Los aires de zamba de “El invisible” combinan la dulzura en la interpretación magistral de los legendarios Cuti y Roberto Carabajal, con una letra que combina la denuncia social y una visión que desconfía de la clase política. Y el dúo Orellana Lucca se suma a “La vida era más corta”, con la voz de Milo flotando sobre un colchón de bombos, flautas y una armonización de voces in crescendo. Raly Barrionuevo pasa al frente con su voz, evocando las partes que Silvio Rodríguez grabó en “Luciérnagas”, mientras el sol se muere y el cielo se tiñe de naranja. Una postal maravillosa.
Para el final, como si fuera un bonus track, Milo se mete en la casita y se encuentra con el Tano Romano y Mon Laferte para reinventar “Jangadero”, la canción litoraleña con las partes de Mercedes Sosa que en la voz de la chilena adquieren un aire melodramático, como un bolero del nordeste argentino. Una escena intimista, un canto a la belleza, una comunión que incluye un tarareo, un ronroneo, una frase final (“te veo, te sueño y te extraño”) que comparte la magia poética de esos versos de Juan L. Ortiz: “Por los caminos pálidos, entre la hierba oscura/ El alma es un olvido hacia una orilla eterna”.
Fuente original: Rolling Stone en Español